pág. 26 a 34 del Libro El libro tibetano de la vida y de la muerte de SOGYAL RIMPOCHÉ
Cuando llegué a Occidente, me sorprendió el contraste entre las actitudes hacia la muerte con que me había criado y las que entonces encontré. A pesar de sus éxitos tecnológicos, la sociedad occidental carece de una verdadera comprensión de la muerte y de lo que ocurre durante la muerte y después de ella.
Descubrí que a la gente de hoy se le enseña a negar la muerte, y se les enseña que no significa otra cosa que aniquilación y pérdida. Eso quiere decir que la mayor parte del mundo vive o bien negando la muerte o bien aterrorizado por ella. El mero hecho de hablar sobre la muerte se considera morboso, y muchas personas creen que el solo hecho de mencionarla es correr el riesgo de atraérsela.
Otros contemplan la muerte con un buen humor ingenuo e irreflexivo, pensando que, por alguna causa desconocida, la muerte les irá bien y que no hay por qué preocuparse. Cuando pienso en estas personas recuerdo lo que dice un maestro tibetano: «La gente suele cometer el error de tomarse la muerte con frivolidad y pensar "Bueno, morirse es algo que le pasa a todo el mundo; no es nada grave, es un hecho natural. Todo irá bien". Esa una teoría muy bonita hasta que llega el momento de la muerte».
De estas dos actitudes hacia la muerte, una la considera algo de lo que hay que escabullirse y la otra algo que se resolverá por sí solo. ¡Qué lejos están las dos de comprender la verdadera importancia de la muerte!
Las grandes tradiciones espirituales del mundo, incluyendo por descontado el cristianismo, siempre han dicho claramente que la muerte no es el final. Todas transmiten la visión de alguna clase de vida venidera, que infunde un sentido sagrado a esta vida que estamos llevando ahora. Pero, a pesar de sus enseñanzas, la sociedad moderna es en gran medida un desierto espiritual en el que la mayor parte de la gente imagina que esta vida es lo único que existe. Carentes de toda fe auténtica en una vida posterior, son mayoría las personas que llevan una vida en último término desprovista de sentido.
He llegado a descubrir que los desastrosos efectos de esta negación de la muerte van mucho más allá del individuo y que afectan a todo el planeta. Debido a su creencia en que ésta es la única vida, la gente moderna no ha desarrollado una visión a largo plazo; en consecuencia, no hay nada que les impida devastar el planeta para sus propios fines inmediatos y vivir de una manera egoísta que podría resultar fatal para el futuro. ¿Cuántas advertencias más necesitamos, como ésta del anterior ministro brasileño de Medio Ambiente, responsable de la selva tropical amazónica?
La moderna sociedad industrial es una religión fanática.
Estamos demoliendo, envenenando, destruyendo todos los
sistemas vitales del planeta. Estamos firmando letras que
nuestros hijos no podrán pagar... Nos comportamos como si
fuéramos la última generación que va a vivir en el planeta.
Sin un cambio radical de corazón, de mente, de visión, la
Tierra acabará como Venus, calcinada y muerta?
El miedo a la muerte y el desconocimiento de la vida futura alimentan esta destrucción del medio ambiente que amenaza las vidas de todos. Por eso, ¿no es aún más preocupante que no se le enseñe a la gente qué es la muerte ni cómo morir? ¿O que no se les dé ninguna esperanza en lo .que hay después de la muerte ni, por tanto, en lo que realmente hay detrás de la vida? ¿Podria resultar más irónico que los jóvenes sean tan cuidadosamente instruidos en todos los temas excepto en aquel que encierra la clave del sentido total de la vida, y acaso de nuestra misma supervivencia?
He pensado a menudo en la manera en que algunos maestros budistas que conozco formulan una pregunta sencilla a quienes los abordan buscando sus enseñanzas: ¿Cree usted que hay una vida después de ésta? No se les pregunta si lo aceptan en cuanto proposición filosófica, sino más bien si lo sienten en lo profundo del corazón. El maestro sabe que si alguien cree en una vida después de ésta, toda su actitud ante la vida será distinta y tendrá un claro sentido de la moralidad y la responsabilidad personal. Lo que los maestros deben sospechar es que existe el peligro de que la gente que carece de una intensa creencia en una vida venidera acabe creando una sociedad centrada únicamente en los resultados a corto plazo, sin pararse a reflexionar en las consecuencias de sus actos. ¿Podría ser éste el motivo principal de que hayamos creado un mundo tan brutal como el que ahora ocupamos, un mundo en el que hay tan poca compasión?
A veces creo que los países más ricos y poderosos del mundo desarrollado son como el reino de los dioses de que hablan las enseñanzas budistas. Se dice que los dioses viven en un lujo fabuloso, deleitándose en todos los placeres imaginables, sin conceder el menor pensamiento a la dimensión espiritual de la vida. Todo parece ir bien hasta que se acerca la muerte y aparecen inesperados signos de decadencia; entonces los cónyuges y amantes de los dioses ya no osan acercárseles, sino que les arrojan flores desde cierta distancia y rezan a !a ligera para que vuelvan a renacer como dioses. Ni todos sus recuerdos de gozo y felicidad pueden protegerlos ahora del sufrimiento que afrontan; sólo sirven para volverlo más cruel. Así que a los dioses moribundos se les deja morir solos en su desdicha.
El destino de los dioses me recuerda la forma en que se trata hoy a los ancianos, los enfermos y los moribundos. Nuestra sociedad está obsesionada por la juventud, el sexo y el poder. ¿No es aterrador que desechemos a los ancianos cuando termina su vida productiva y dejan de ser útiles? ¿No es inquietante que los llevemos a asilos donde mueren solos y abandonados?
¿No es hora ya de volver a examinar cómo tratamos en ocasiones a quienes padecen enfermedades terminales como el cáncer y el sida? He conocido a varias personas que han muerto de sida y he visto con cuánta frecuencia hasta sus propios amigos las trataban como a proscritas, y cómo el estigma que va unido a la enfermedad las reducía a la desesperación y les hacía sentir que su vida era repugnante y que a los ojos del mundo ya había llegado a su fin.
Aun cuando la persona que muere es alguien a quien conocemos o amamos, muchas veces comprobamos que no se nos da casi ninguna idea acerca de cómo asistirla y, tras su muerte, no se nos alienta a pensar en su futuro, en cómo va a continuar ni en cómo podemos seguir prestándole nuestra ayuda. De hecho, cualquier reflexión de este tipo corre el riesgo de ser desechada por absurda y ridícula.
Lo que todo esto nos muestra con ¿olorosa claridad es que
ahora más que nunca necesitamos un cambio fundamental en
nuestra actitud hacia la muerte y el morir.
Afortunadamente, empieza a haber un cambio de actitud El movimiento de los hospicios, por ejemplo, está realizando un maravilloso trabajo para ofrecer cuidados prácticos y afectivos. Sin embargo, los cuidados prácticos y afectivos no bastan; las personas que se hallan a las puertas de la muerte necesitan amor y cuidados, pero también necesitan algo todavía más profundo. Necesitan descubrirle un sentido auténtico a la muerte y a la vida. Sin ello, ¿cómo podemos ofrecerles verdadero consuelo? La ayuda a los moribundos, pues, ha de incluir la posibilidad de cuidados espirituales, ya que sólo con el conocimiento espiritual podemos afrontar realmente la muerte y comprenderla.
Me ha alentado ver cómo en estos últimos años se ha abierto en Occidente toda la cuestión de la muerte y el morir, gracias a pioneros como Elisabeth Kübler-Ross y Raymond Moody. Contemplando detenidamente la manera en que cuidamos de los moribundos, Elisabeth Kübler-Ross ha demostrado que, con amor incondicional y una actitud más comprensiva, morir puede ser una experiencia serena e incluso transformadora. Los estudios científicos sobre los numerosos aspectos de la experiencia de casi muerte que siguieron al valeroso trabajo de Raymond Moody han ofrecido a la humanidad la vivida y poderosa esperanza de que la vida no termina con la muerte, y que efectivamente hay una «vida después de la vida».
Por desgracia, hubo quienes no comprendieron realmente el pleno significado de estas revelaciones sobre la muerte y el morir. Se ha llegado al extremo de buscarle un atractivo a la muerte, y me han hablado de casos trágicos de jóvenes que se suicidaron porque creían que la muerte era bella y que les permitiría escapar de la depresión que vivían. Pero igualmente se trivializa la muerte si se la teme y se rehúsa afrontarla como si se la convierte en algo romántico. Tanto la desesperación como la euforia ante la muerte son formas de evasión. La muerte no es deprimente ni emocionante; es sencillamente un hecho de la vida.
Es muy triste que la mayoría sólo empecemos a apreciar la vida cuando estamos a punto de morir. Muchas veces pienso en las palabras del gran maestro budista Padmasambhava: «Quienes creen que disponen de mucho tiempo sólo se preparan en el momento de la muerte. Entonces los desgarra el arrepentimiento. Pero, ¿no es ya demasiado tarde?». ¿Qué observación sobre el mundo moderno podría ser más escalofriante que la de que casi todos mueren sin estar preparados para la muerte, tal como han vivido sin estar preparados para la vida?
EL VIAJE POR LA VIDA Y LA MUERTE
Según la sabiduría de Buda, realmente podemos utilizar nuestra vida para prepararnos para la muerte. No tenemos que esperar a que la dolorosa muerte de un ser querido o la conmoción de una enfermedad terminal nos obliguen a examinar nuestra vida. Tampoco estamos condenados a ir a la muerte con las manos vacías, al encuentro de lo desconocido. Podemos empezar aquí y ahora a encontrarle un sentido a nuestra vida. Podemos hacer de cada instante una oportunidad de cambiar y prepararnos, de todo corazón, con precisión y serenidad, para la muerte y la eternidad.
Desde el punto de vista budista, la vida y la muerte son un todo único, en el cual la muerte es el comienzo de otro capítulo de la vida. La muerte es un espejo en el que se refleja todo el sentido de la vida.
Esta idea es fundamental en las enseñanzas de la escuela más antigua del budismo tibetano. Muchos de ustedes habrán oído hablar del Libro tibetano de los muertos. Lo que pretendo hacer en este libro es explicar y ampliar el Libro tibetano de los muertos, tratar no sólo de la muerte sino también de la vida, exponer en detalle toda la enseñanza de la que el Libro tibetano de los muertos sólo es una parte. En esta enseñanza maravillosa, encontramos la totalidad de la vida y la muerte presentada conjuntamente como una serie de realidades transitorias y en constante cambio llamadas bardos. La palabra bardo se utiliza corrientemente para designar el estado intermedio entre la muerte y el renacimiento, pero en realidad los bardos se suceden continuamente tanto en la vida como en la muerte, y son coyunturas en las que se intensifica la posibilidad de liberación o Iluminación.
Los bardos son oportunidades de liberación particularmente poderosas porque, como lo muestran las enseñanzas, hay momentos que son mucho más poderosos que otros y mucho más cargados de potencialidad, en los que todo cuanto uno hace tiene un efecto decisivo y de largo alcance. Yo me figuro un bardo como el momento en que se avanza hacia el borde del precipicio; un momento así, por ejemplo, ocurre cuando un maestro le expone a un discípulo la naturaleza esencial, original e íntima de su propia mente. De estos momentos, no obstante, el mayor y el más cargado es el de la muerte.
Así pues, según el punto de vista del budismo tibetano, podemos dividir toda nuestra existencia en cuatro realidades continuamente entrelazadas: l) la vida, 2) el morir y la muerte, 3) después de la muerte y 4) el renacimiento. Se las conoce como los cuatro bardos: l) el bardo natural de esta vida, 2) el bardo doloroso del morir, 3) el bardo luminoso de dharmata y 4) el bardo kármico del devenir. Debido a la inmensidad y la exhaustividad de las enseñanzas del bardo, este libro se ha estructurado cuidadosamente. Será usted guiado etapa por etapa a medida que se va desplegando la visión del viaje por la vida y la muerte. Nuestra exploración empieza necesariamente con una reflexión directa sobre el significado de la muerte y las múltiples facetas de la verdad de la impermanencia: el tipo de reflexión que nos capacite para hacer un uso enriquecedor de esta vida cuando aún tenemos tiempo y nos permita morir sin tener que arrepentimos ni reprocharnos el haber malgastado la vida. El célebre santo y poeta tibetano Milarepa lo expresó así: «Mi religión es vivir, y morir, sin remordimientos».
La contemplación profunda del mensaje secreto de la impermanencia, lo que hay en realidad más allá de la impermanencia y la muerte, nos lleva directamente al corazón de las antiguas y profundas enseñanzas tibetanas: la introducción a la «naturaleza esencial de la mente».
Comprender la naturaleza de la mente, lo que se podría llamar nuestra esencia íntima, esa verdad que todos buscamos, es la clave para comprender la vida y la muerte; porque lo que ocurre en el momento de morir es que la mente ordinaria y sus conceptos ilusorios mueren, y en ese espacio que se abre se revela, ilimitada como el cielo, la naturaleza de nuestra mente. Esta naturaleza esencial de la mente es el telón de fondo de toda la vida y la muerte, como el cielo, que abarca a todo el universo en su abrazo.
Las enseñanzas dejan claro que, si todo lo que conocemos de la mente es ese aspecto de ella que se disuelve al morir, quedaremos sin tener ninguna idea de lo que sigue, ningún conocimiento de esta nueva dimensión de la realidad más profunda de la naturaleza de la mente. Así pues, es esencial que nos familiaricemos con la naturaleza de la mente cuando aún estamos vivos. Sólo entonces estaremos preparados cuando se revele espontánea y poderosamente en el instante de la muerte, podremos reconocerla, dicen las enseñanzas, «tan naturalmente como corre un niño hacia el regazo de su madre», y, permaneciendo en ese estado, quedar finalmente liberados.
La descripción de la naturaleza de la mente conduce naturalmente a una instrucción completa sobre la meditación, ya que la meditación es el único medio por el que podemos desvelar repetidamente y poco a poco comprender y estabilizar esa naturaleza de la mente. A continuación, se ofrece una explicación de la naturaleza de la evolución humana, el renacer y el karma, a fin de proporcionarle el contexto y el sentido más amplios posibles de nuestra andadura por la vida y la muerte.
A estas alturas ya tendrá usted suficientes conocimientos para introducirse con confianza en el corazón del libro: una exposición completa, derivada de muchas fuentes distintas, de los cuatro bardos y de todas las fases de la muerte y el morir. Se exponen detalladas instrucciones, consejos prácticos y prácticas espirituales para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás durante la vida, durante el morir, durante la muerte y después de la muerte. Finalmente, el libro concluye con una visión de cómo las enseñanzas del bardo pueden ayudarnos a comprender la naturaleza más profunda de la mente humana y del universo.
Mis alumnos suelen preguntarme cómo sabemos qué son estos bardos y de dónde procece la pasmosa precisión de las enseñanzas sobre los mismos y su conocimiento asombrosamente claro de todas las fases del morir, la muerte y el renacimiento. A muchos lectores la respuesta les parecerá difícil de comprender al principio, porque el concepto de la mente que se tiene actualmente en Occidente es muy estrecho. Pese a los importantes avances de los últimos años, sobre todo en la ciencia del cuerpomente y la psicología transpersonal, la gran mayoría de los científicos sigue reduciendo la mente a meros procesos físicos que se producen en el cerebro, lo que va contra el testimonio de milenios de experiencias de místicos y meditadores de todas las religiones.
¿Desde qué fuente, con qué autoridad puede escribirse en tonces un libro como éste? La «ciencia interior» del budismo se basa, como lo expresa un estudioso de Estados Unidos, «en un completo y cabal conocimiento de la realidad, en una profunda y ya experimentada comprensión del yo y el entorno; es decir, en la Iluminación completa de Buda»..4 La fuente de las enseñanzas sobre los bardos es la mente iluminada, la mente de buda completamente despierta, tal como ha sido experimentada, explicada y transmitida por un largo linaje de maestros que se remonta al Buda Primordial. Sus cuidadosas, meticulosas, casi se podría decir científicas, exploraciones y formulaciones de sus descubrimientos sobre la mente en el curso de muchos siglos nos proporcionan la imagen más completa posible de la vida y la muerte. Es esta imagen completa la que, inspirado por Jamyang Khyentse y mis otros grandes maestros, intento humildemente transmitir por primera vez a Occidente.
Tras muchos años de contemplación, enseñanza y práctica, y de aclarar preguntas y conceptos con mis maestros, he escrito El libro tibetano de la vida y de la muerte con ánimo de presentar la quintaesencia de los sinceros consejos de todos mis maestros, para que sea un nuevo Libro tibetano de los muertos y un Libro tibetano de la vida. Mi deseo es que sea un manual, una guía, una obra de consulta y una fuente de inspiración sagrada. Estudiar a fondo este libro, leerlo una y otra vez es, creo yo, la única manera de revelar sus muchos significados. Comprobará que cuanto más lo utilice, más profundamente captará sus implicaciones y mejor percibirá la hondura de la sabiduría que se le transmite por medio de las enseñanzas.
Las enseñanzas sobre el bardo explican con precisión lo que ocurrirá si nos preparamos para la muerte y lo que ocurrirá si no lo hacemos. La elección no podría estar más clara. Si nos negamos a aceptar la muerte ahora, cuando aún estamos vivos, lo pagaremos muy caro durante toda nuestra vida, en el momento de la muerte y después de ella. Los efectos de tal negativa repercutirán sobre esta vida y sobre todas las vidas por venir. No podremos vivir plenamente; quedaremos aprisionados justamente en aquel aspecto de nosotros mismos que debe morir. Esta ignorancia nos robará la base del viaje hacia la Iluminación y nos mantendrá atrapados eternamente en el reino de la ilusión, el ciclo incontrolado del nacimiento y la muerte, ese océano de sufrimiento que los budistas denominamos samsara.
Sin embargo, el mensaje fundamental de las enseñanzas budistas es que, si estamos preparados, existe una enorme esperanza, tanto en la vida como en la muerte. Las enseñanzas nos revelan la posibilidad de una libertad asombrosa y en último término ilimitada por la que podemos empezar a trabajar ahora mismo, en la vida; una libertad que nos permitirá también elegir nuestra muerte y, por ello, elegir nuestro nacimiento. Para la persona que se ha preparado y ha practicado, la muerte llega no como una derrota, sino como un triunfo, el momento más glorioso que corona toda la vida.
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