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Desde el momento en que reconozcamos el divino poder de Dios, nos henchiremos de amor de tal manera, que sólo veremos el bien en todo. Y cuando hayamos reconocido nuestra unión con Él, veremos también que hasta cierto punto estamos unidos a los demás hombres. Cuando así lo reconozcamos, no podremos dañar a nada ni a nadie, pues siendo todos miembros de un mismo cuerpo, no es posible que un miembro sufra sin que también sufra todo el cuerpo. Cuando reconozcamos completamente nuestra unidad con todo cuanto existe y sepamos que toda vida es la misma en todos los individuos, ya no sentiremos odios. El amor reinará con absoluta soberanía. Entonces, donde vayamos y estemos en contacto con el prójimo, reconoceremos a Dios en nuestro interior. De este modo, buscaremos el bien y lo hallaremos. Hay un principio profundamente científico, fundado sobre la gran verdad: “Quien a hierro mata a hierro muere.”
Desde el momento en que reconozcamos las sutiles energías de las fuerzas mentales, notaremos fácilmente que al dejarnos poseer por cualquier sentimiento de animadversión al prójimo, recibe éste los efectos de las diabólicas fuerzas que de nosotros dimanan y despiertan en él los mismos pensamientos de odio, que a su vez recaen sobre quien fue primero en aborrecer.
Cuando comprendamos los efectos de la pasión en el corporal organismo, conoceremos cuán deprimentes y corrosivos son. Lo mismo puede decirse de toda clase de malos pensamientos o pasiones. Hallaremos, por último, que al dejarnos dominar por sentimientos de esta naturaleza hacia el prójimo, siempre sufriremos mucho más que aquél contra quien los sintamos.
Y así, cuando conozcamos que el egoísmo es raíz de todo error, de todo pecado y crimen, y que la ignorancia es fuente de todo egoísmo, miraremos con caridad las acciones de todos. El ignorante procura lograr sus particulares fines a expensas de la colectividad. Por esta razón el ignorante es egoísta. Nunca lo es el sabio, porque el sabio es vidente y reconoce que un simple miembro recibe los mismos beneficios que el cuerpo entero, y así no solicita exclusivamente para él lo que al mismo tiempo puede solicitar para todo el linaje humano. Si el egoísmo es como el fundamento de todo error, pecado y crimen; si la ignorancia es la base de todo egoísmo, cuando veamos manifestarse ésta o aquéllas malas cualidades, daremos prueba de alteza de ánimo estimulando el bien en cada individuo con quien lleguemos a relacionarnos.
Algunas veces oímos decir a uno hablando de otro: “No hallo en él ningún bien.” ¿No? Entonces no eres vidente. Mira con profunda atención y hallarás a Dios en toda alma humana. Pero acuérdate de que sólo reconociendo a Dios se encuentra a Dios. Cristo hablaba siempre con suprema verdad y reconocía a Dios en cada hombre porque primero había reconocido a Dios en sí mismo. Comía con publicanos y pecadores, pero abominaba de los escribas y fariseos porque estaban tan aferrados a sus ideas y con tanto orgullo proclamaban su magisterio, que de ello provenía su ignorancia hasta el punto de que, no habiendo hallado jamás a Dios en sí mismos, no podían ni soñar siquiera que la verdadera vida alentase en publicanos y pecadores.
En el grado en que mantengamos a una persona en la idea del mal o del error, estimularemos la maldad o el error en ella. Y en el grado a que su sensibilidad alcance y esté sujeta a las sugestiones del pensamiento ajeno, así quedará influido. De este modo podemos ser responsables de los malos pensamientos que mantengamos en el prójimo. De la propia suerte podemos mantener a una persona en la idea de lo bueno, de lo verdadero y lo justo. Y entonces le sugeriremos la justicia y la verdad, teniendo nosotros benéfica influencia en su conducta. Si nuestro corazón se desborda de amor a cuanto con nosotros esté en contacto, inspiraremos amor. Y las mismas nobles y reconfortantes influencias de amor recaerán en nosotros procedentes de aquellos a quienes les inspiremos tan elevados sentimientos. Hay un profundo principio científico fundado en el precepto: “Si quieres que todos te amen, empieza por amar a todos.”
En el grado en que amemos, seremos amados. Fuerzas son los pensamientos y cada uno engendra otros de su misma especie. Cada uno recaerá sobre ti cargado con el efecto que le corresponde y del cual es causa.
“Que tus ocultos pensamientos sean nobles y tomen vida en emuladoras palabras y ejemplares acciones modeladoras de tu destino. Así son de inescrutables los designios de Dios. ”
No conozco mejor ejercicio que el de quien continuamente se mantiene en tal disposición de ánimo, que sin cesar derrama su amor diciendo:
“Querido prójimo, yo te amo”. Y cuando conozcamos que un pensamiento produce invariablemente sus efectos, veremos cómo de continuo beneficia no sólo a quien esté al alcance de su influencia, sino al mundo entero. Los pensamientos de amor que por varios medios se muestran, llegan a él desde todos sus ámbitos. Aun los animales tienen más exquisita sensibilidad que muchas personas, y reciben los efectos de nuestros pensamientos, del estado de nuestra mente y de nuestras emociones, con mayor prontitud que ciertas gentes. Por lo tanto, donde encontremos un animal podemos beneficiarle si enfocamos en él pensamientos de amor, cuyos efectos sentirá, ya simplemente le festejemos, ya le llamemos con la voz, interesante es a menudo ver cuán prontamente nos responde y con qué presteza da muestras de haber comprendido el cariño y amor que le manifestamos. Cuán gozoso y privilegiado fuera vivir y moverse en un mundo donde sólo encontráramos hombres perfectos! Y sin embargo, en mundo semejante podemos vivir, porque en el grado en que veamos a Dios en cada alma humana, viviremos en semejante mundo.
Y cuando de este modo reconozcamos la imagen de Dios en cada hombre, nos acercaremos más y más a Él. ¡Tal es nuestro privilegio! Debemos desechar el hipócrita juicio que de otro hacemos y ejercitar la facultad de ver más allá de la parte perecedera de nuestro ser y vislumbrar el verdadero Yo que ha de mostrarse algún día en toda su beatífica hermosura. Al condenar al prójimo nos condenamos a nosotros mismos.
Este reconocimiento nos henchiría de rebosante amor, y todo cuanto con nosotros estuviera en contacto sentiría su vivificante poder, enviándonos a su vez los mismos amorosos sentimientos, y de este modo atraeríamos sin cesar el amor desde todos los ámbitos del mundo. Dime cuánto amas y te diré en qué grado vives con Dios. Dime cuánto amas y te diré hasta dónde entraste en el reino de la armonía. Porque como afirma San Pablo, “el amor es el cumplimiento de la ley” (Romanos, 13:10).
Y en cierto modo, el amor lo es todo. Es la llave de la vida y a su influjo se mueve el Universo entero. Vive en un solo pensamiento de amor a todas las cosas, y en todo encontrarás amor. Vive en pensamientos de malicia u odio, y malicia y odio caerán sobre ti.
“Porque el mal envenena y los dardos de la malicia ocasionan heridas que no podrán sanar mientras la cólera perdure.”
Cada pensamiento que te posea será una fuerza que de ti emane y a ti vuelva con sus naturales efectos. Esta es una ley inmutable. Además, cada pensamiento que te domine influirá directamente en tu cuerpo. Si amas, tus emociones estarán en armonía con el orden eterno del Universo, porque “Dios es amor” (San Juan, 1-4:8). Tendrán sobre tu cuerpo vivificadora y saludable influencia, dando gallardía a tu continente, frescura a tu voz y atractivo a tu persona. En el grado en que mantengas pensamientos de amor hacia todo, con amor te corresponderán influyendo en tu mente y por medio de tu mente en tu cuerpo. Y así verás acrecentadas por el mundo exterior tus propias fuerzas. Entonces las ejercitarás sin cesar en las actuaciones espiritual y física, y su influencia enriquecerá tu vida.
El odio y demás emociones de su índole son anormales, perversas y contra naturaleza, porque están en discordancia con el orden eterno del Universo. Si el amor es el pleno cumplimiento de la ley, lo que al amor se oponga será directa violación de la ley. Y no hay violación de la ley sin sus correspondientes sufrimientos y penas en una u otra forma. No hay manera de eludirlo. ¿Y cuál es el resultado de esta violación? Cuando das acceso a pensamientos de cólera, odio, malicia, celos, envidia, vituperio, desdén o menosprecio, y te dejas poseer de ellos, ejercen ponzoñosa influencia en tu organismo y lo debilitan. Y si continúas entregándote a tan malos pensamientos, acabarán por deteriorarlo, exteriorizándose en forma de enfermedades.
Y entonces, a estas corrosivas influencias se añadirá el que tu mente vaya atrayendo destructoras influencias de otras mentes. Y a medida que en ti crezcan estas nocivas fuerzas cooperarán con mayor eficacia al deterioro de tu organismo.
Amor inspira amor. Odio engendra odio. El amor y la bondad estimulan y fortalecen el cuerpo. El odio y la malicia lo corroen y debilitan. El amor sabe a vida sobre vida. El odio, a muerte sobre muerte. “¡Oh! Corazones leales, espíritus valientes y puras almas de la verdad amantes. Dad al mundo vuestro mejor tesoro y el mundo os lo devolverá con mayor logro. Dad amor, y por amor será impelido de vuestros corazones el latido con potente fuerza para salir airosos de vuestros apuros angustiosos. Tened fe, y cientos de corazones tendrán fe en vuestras palabras y acciones.”
Oigo decir: “¿Cómo podré portarme yo así con quien me odie, sin haberle dado motivo para que sea mi enemigo?” Es cierto. Pero lo más seguro es que no tengas enemigos si tu corazón y tu mente no están poseídos de animadversión. Convenceos primero de que no hay nada de naturaleza odiosa. Pero si el odio os llegara del prójimo sin causa evidente por vuestra parte, entonces envolved a quien sea en pensamientos de amor y benevolencia, pues por este medio podréis neutralizar de tal modo los efectos del odio, que ni os alcancen ni os perjudiquen. El amor es más fuerte que el odio. El odio siempre puede ser vencido por el amor.
Por otra parte, si oponéis odio a odio, sólo conseguiréis intensificarlo. Añadiréis combustible a la ya encendida llama, alimentándola y acrecentándola, y aumentaréis así la intensidad de las malas condiciones. Nada se gana con esto. Al contrario, todo se pierde. Devolviendo amor por odio seréis capaces de neutralizar esta funesta emoción, de forma que no sólo no os afecte, sino que ni siquiera os alcance. Y aún más que esto. Llegaréis tarde o temprano a convertir en amigo al enemigo. Oponed odio a odio y os degradaréis. Oponed amor a odio y no sólo os realzaréis ante vuestros ojos, sino ante los de quien os odie.
Un sabio persa dijo: “Siempre opongo la suavidad a la dureza y la bondad a la perversión.” El budista dice: “Si un imprudente me agravia le corresponderé con mi voluntario amor. El mal está de su parte, el bien de la mía.” “El sabio venga las injurias con beneficios”, dice un proverbio chino. “Devuelve bien por mal; vence el enojo con el amor; el odio nunca cesa por el odio, sino por amor”, dicen los indostaníes.
El hombre verdaderamente sabio no tiene enemigos. Con frecuencia oímos decir: “¡No importa! ¡Me portaré lo mismo con él!”. ¿Eso quieres? ¿Y cómo lo harás? Puedes hacerlo de dos maneras: portarte con él como él se porte contigo, pagándole en la misma moneda. Si así lo haces, te pondrá a su nivel y ambos sufriréis. En cambio, si te muestras generoso, puedes devolverle amor por odio, amabilidad por aspereza, y de este modo le igualarás a ti, alzándole a tu nivel. Pero recuerda que nunca podrás sostener a otro si no te sostienes a ti mismo. Y si te olvidas de ti mismo, te será más valioso el servicio que a otros prestes. Si tratas a otro tan mal como él te trate, demostrarás que existe en ti aquello que te acarrea el maltrato. Mereces lo que te sucede y no debes quejarte de ello. Procediendo de opuesto modo lograrías mejor tu propósito, y obtendrías una victoria sobre ti mismo, prestando al mismo tiempo al prójimo un gran servicio del que evidentemente necesita.
De este modo podrás ser su salvador, y él a su vez lo será de otros pecadores y tendrá a su cuidado muchas gentes. Algunas veces la lucha es mayor de lo que podemos suponer, y entonces necesitamos más simpatía en nuestro trato común con los hombres. Por lo tanto, “no nos inculpemos ni nos condenemos unos a otros, pues en el espinoso camino de la vida los pies se fatigan y el corazón se entristece. Pesada carga es la que solos hemos de sobrellevar y casi nos olvidamos de que contentos estaríamos si nos ayudáramos unos a otros, confortándonos en estrecho y tierno abrazo, dulce como el amor y como la mirada de ojos propicios. No esperemos que por gracia inefable se parta el pan de la vida. “Las palabras suaves son como maná de los cielos”.
Cuando lleguemos al completo conocimiento de que todo mal, y todo error y todo pecado, y sus consiguientes sufrimientos, proceden de la ignorancia, descubriremos por donde quiera y en cualquier forma sus manifestaciones. Y si nuestros corazones son rectos, nos compadeceremos de aquellos en quienes se manifiesten. La compasión se trocará entonces espontáneamente en amor, que hará su natural oficio. Tal es el divino método. Y así, en vez de impeler a quienquiera hacia su flaqueza, lo sostendremos hasta que por sí pueda mantenerse y sea dueño de sí mismo. Pero toda vida crece y se desenvuelve de dentro a fuera, y cada cual llega a ser dueño de sí mismo en el grado en que el conocimiento del origen divino de su naturaleza alboree en su conciencia, de forma que le lleve a la armonía con las leyes superiores, pues por la manifestación de nuestra interna espiritualidad podremos despertar mayormente el conocimiento de estas leyes en la conciencia ajena.
Por el ejemplo y no por el precepto. Por la conducta y no por la predicación. Con hechos y no con palabras. Por el proceder de nuestra vida y no por la dogmática enseñanza de cómo debemos vivir.
No hay contagio más intenso que el del ejemplo. Se recoge lo que se siembra y cada simiente produce los mismos frutos. No sólo podemos matar al prójimo hiriéndole en su cuerpo, sino con pensamientos agresivos. Pero al paso que matamos, nos suicidamos. Alguien enfermó a causa de haberse enfocado en él los homicidas pensamientos de algunas personas. Y hubo quien murió de resultas de ello. Si el odio prevaleciera en el mundo, sería el mundo un infierno. Que el amor avasalle al mundo, y el mundo será un cielo con todas sus glorias y hermosuras.
No amar es no vivir, o por lo menos es vivir muriendo. La vida amante de todas las cosas es vida completa, copiosa y sin cesar explayada en fuerza y hermosura. Tal es la intensa vida de cada vez más amplios horizontes. Los hombres más francos, nobles y liberales son los que mejor comprenden el amor y la amistad. Los más ruines son aquellos de raquítica y degenerada naturaleza cuya insolencia se cifra en la egolatría. Un alma noble, abierta y generosa ha de ser forzosamente altruista. Sólo los hombres de alma ruin, que se consideran como el centro del mundo, son ególatras. Pero nunca lo es el hombre de espíritu amplio y elevado. Las almas ruines luchan sin cesar por los bienes materiales. Las almas generosas, jamás. Éstas se afanan en servir y amar al prójimo en todas partes y ocasiones. Aquéllas no se mueven de su concha e intentan que el mundo las sirva y les dé provecho. Unas sólo se aman a sí mismas y las otras aman a todo el mundo. Pero en este extensivo amor se hallan incluidas ellas mismas.
Verdaderamente, el amor más puro es el que aproxima a Dios, porque Dios es el espíritu de infinito amor. Y cuando reconozcamos nuestra unidad con este infinito espíritu, nos henchiremos de tal modo del amor divino, que enriqueciendo nuestra vida, fluirá de ella el amor para enriquecer al mundo entero. Al reconocer nuestra unidad con Dios, nos pondremos al mismo tiempo en acordes relaciones con nuestros prójimos y en armonía con las eternas leyes, de modo que hallemos nuestra vida al perderla en provecho ajeno. Conoceremos que toda vida es una y que por lo tanto todos somos partes del todo. Comprenderemos que nada podemos hacer a otros sin que a nosotros mismos nos lo hagamos, ni perjudicar al prójimo sin que por ello quedemos también perjudicados. Comprenderemos asimismo que el hombre que sólo vive para sí, vive raquítica, ruin y desmedradamente, porque no es partícipe de la amplia y expansiva vida de la Humanidad. Quien emplea su vida en el servicio colectivo, la enriquece y acrecienta mil veces, y cada gozo, cada dicha, cada triunfo de los miembros del todo será también suyo porque es parte de la vida universal.
Digamos ahora dos palabras relativas a los beneficios. Los apóstoles Pedro y Juan subieron un día al templo junto a cuya puerta Hermosa pedía limosna un lisiado. Pero en vez de darle algo con que remediar la necesidad del día, dejándole sin valimiento para el de mañana, le hizo Pedro un verdadero y positivo beneficio diciéndole: “No llevo plata ni oro. Pero te daré cuanto tengo.” Y le curó. De este modo le puso en condición de valerse por sí mismo.
En otros términos: El mayor servicio que podemos prestar al prójimo es ayudarle a que por sí mismo se ayude. El socorro depende de las circunstancias, y cuando se presta sin necesidad es flaqueza. Pero nunca lo es ayudar a otro a que por sí mismo se valga.
No hay mejor camino para ayudar a otro a valerse, que llevarle al conocimiento de sí mismo y al conocimiento de su unidad con Dios.
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