Amados hermanos, sean bienvenidos, les habla KWAN YIN
Nuevamente tengo el placer de trabajar con ustedes y esta vez con un encargo muy especial. Necesitamos que cada uno aflore, desde lo más interno de su ser, a esa semilla que quedó sembrada desde el momento de su nacimiento, a esa semilla a la que hemos llamado el niño-niña interno y que, a medida que vamos creciendo y adaptándonos a las circunstancias de la vida, va quedando encerrada, ahogada, bajo el peso de una personalidad que se engruesa, se endurece y se vuelve inflexible; esa libertad de soñar y de actuar, sin normas, sin reglas, siguiendo únicamente el impulso del espíritu que alberga, y que a medida que maduramos va quedando limitada, encerrada, canalizada y sujeta a los permanentes juicios de una conciencia que ha sido impuesta por la sociedad.
A partir de hoy y en las siguientes sesiones, vamos a trabajar para los niños, y mis palabras estarán dedicadas a todos ustedes, a los niños del mundo y a los niños que han aprendido a ser adultos.
Yo solicité este trabajo ante los directores de la Jerarquía, porque consideraba, como una necesidad imperiosa, despertar a los niños que se han quedado dormidos en los cuerpos de los adultos. Considero que la inocencia y la candidez de la sonrisa infantil, no deberían nunca abandonar los labios de todas las personas; sin embargo, este proceso de maduración, en realidad, se vuelve un proceso degenerativo, en donde los valores naturales, que son la correcta expresión del espíritu que mora dentro del ser, van siendo coartados, hasta adquirir una personalidad ajena a las necesidades del ser; un carácter que no tiene otro objetivo que el de sobrevivir dentro de una sociedad agresiva y que, sin embargo, llena de conflictos a ese ser que se ve impedido de manifestarse en su natural expresión. Por esta razón, las lecciones estarán dedicadas a los niños y podrán servir como tema de cursos infantiles, para adultos y para niños, un lugar en donde no sea necesario separar a los padres de los hijos; unos cursos en donde verdaderamente no importe la edad, en donde verdaderamente todos hablen el mismo lenguaje, el lenguaje del sueño, de la magia y la imaginación. Así pues, adormezcan su conciencia y dejen volar, en completa libertad, a ese espíritu, eterno niño que mora en cada uno de nosotros. Este es el inicio.
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